domingo, 20 de abril de 2014

El miedo a Pensar

El miedo a pensar no tiene fronteras y lo encuentras en todos los niveles de la sociedad. Un ejemplo diario es el que se produce en las aulas de clase de la Universidad Nacional de Chimborazo, donde los docentes y estudiantes se acomodan plácidamente en el modelo “conductista” de educación, pese a que desde el año 2008, la Universidad tiene aprobado un modelo “constructivista”.
En el conductismo, el docente repite teorías en la clase y envía a casa trabajos que los estudiantes bajan de la Internet. En el constructivismo el docente y los estudiantes elaboran conceptos y lógicas científicas, tras un proceso dinámico en el aula de clase.
Cuando el docente ‘se permite’ desarrollar un marco metodológico de trabajo distinto, por ejemplo, la lectura de un libro para ser debatido en la siguiente clase, inmediatamente los estudiantes reaccionan: un grito de espanto sale de las gargantas de los más expresivos, miradas de reprobación entre los más estudiosos, los tímidos se limitan a acariciar sus cabelleras, sufriendo íntimamente. los que sí leen pronuncian 'Elé', interjección serrana que implica, al mismo tiempo, gusto por la tarea y risotada por la reacción alérgica de la mayoría. Es que leer es un acto de pensar, pues la tarea del docente implica leer entendiendo, reflexionando sobre el libro, para elaborar criterios y proponerlos para el debate en la clase; es decir, construir conocimiento. Doloroso y anormal procedimiento, que el profesor agrava y desnaturaliza, tomando examen sobre el contenido leído, o peor, olvidando el trabajo enviado.
No son los únicos casos de este temor. Los hay del tipo administrativo, cuando los iluminados funcionarios de la Senescyt requieren información, a plazo corto y gran formato en Excel. Es el momento en que enternece ver los rostros compungidos de los directores departamentales y de los decanos, que prontamente delegan esa responsabilidad de pensar a los resignados empleados o docentes a contrato, que son los que hacen el trabajo, como buenos cristianos, para evitar el sufrimiento de pensar de los asustados administradores de la educación superior.
Pero el miedo más grande, ese que se transforma en terror generalizado, al límite de la estampida y la jubilación anticipada, es cuando el rey de la jungla menta a la Universidad en sus cadenas selvatinas. Entonces, cunde el pánico: hay reuniones urgentes, comentarios llenos de ayes, por adelante, y algarabía opositora, por atrás. Cabría esperar una respuesta por parte de los actores universitarios: corregir al presidente que ha sido mal informado, rectificar si el presidente ha sido bien informado. Quizás una rueda de prensa, una publicación en los diarios, 140 caracteres en redes sociales. Pero al final, el tiempo cura las heridas y el silencio cubre con una fina capa la puteada gubernamental. ¿Un repliegue estratégico? No, el simple terror para argumentar y corregir al 'Gran Hermano', burdo y suicida miedo a replicar con ideas los abusos del poderoso.

Por supuesto que la Universidad no tiene derechos de autor en cuanto al temor a pensar, es una institución que refleja la sociedad mal nutrida e iletrada en la que vivimos, donde el promedio de lectura es de medio libro al año por cada ciudadano, donde pensar aburre y habiendo FaceBook para qué vamos a perder el tiempo.

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