Monumento a Pedro Vicente Maldonado
Todo fue pugilísticamente preparado para la última sesión solemne del cabildo riobambeño, en el salón Pedro Vicente Maldonado, celebrando los 192 años de independencia de la "ibérica audacia". Como si de un ring se tratase, en la esquina derecha, con elegantes trajes y anacos, los ediles de mayoría. En la esquina izquierda, los indignados hijos del yugo de minoría. En medio, el árbitro subrogante Mario Robalino y los jueces revolucionarios, la ministra de Transporte y Obras Públicas, el Gobernador y el "Asambleísta de ojos bovinos".
La mesa multicultural de Secretaría lee el programa de la sesión: primero Himno Nacional, que es coreado por un número reducido de asistentes, que también crea una interesante relación con los aficionados que ha perdido el box, frente a otros deportes. Callan las sagradas notas, los espectadores se acomodan en sus sillas, los contendientes calientan sus músculos y la expectativa crece ante el desarrollo del acto.
Pero, antes que suene la campana, la indignada presencia del concejal José Luis Aldaz, se levanta intempestivamente de su esquina y se apodera del atrio y los micrófonos, rompiendo el protocolo y asestando, de sorpresa, el primer golpe, ante la pasiva incredulidad del árbitro. Colmó el salón con su corpulento y moreno cuerpo y su palabra demoledora, tiró un jab de izquierda: "Hoy la política se ha constituído en alcanzar una dignidad de elección popular como una conquista de índole personal, dejando de lado los verdaderos postulados del político. Esa vanidad política es la que tanto daño ha hecho a nuestra ciudad".
El ético garrotazo le sale por la culata, cuando las noticias hacen conocer que el antecedente de la arremetida discursiva, es que no se hizo sorteo y, por lo tanto, no pudo participar de "esa vanidad política" de ser elegido por el azar para ser el orador principal.
Ante la pasividad del árbitro, Aldaz suelta una serie de golpes: un cruzado de derecha "Se pensó que con la remoción del exalcalde, esta administración tenía la obligación de enmendar y corregir - como si fueran dos cosas distintas - los errores cometidos por su antecesor", es decir, a Juan Salazar, con el cual el concejal indignado cogobernó, mientras le duró la amistad con el presidente Rafael Correa.
Arrinconados en su esquina, los concejales de mayoría no atinan a salir de las cuerdas. El público, apoyando a los púgiles indefensos, silva y ruge de la emoción. Abuchean al improvisado orador, se levanta un aficionado para reclamarle honestidad y pide que la Secretaría toque la campana. Aldaz pide respeto, mientras sigue dando golpes bajos a sus adversarios: "incapacidad", "dictadura del voto", "no dan cuórum". Cita a "Abran Licon" (sic) y ataca al réferi, que lo mira y calla desde su incómodo asiento, con las manos caídas.
Cuando hace una pausa para pasar de hoja, el público grita: Ya, ya, ya., punto de orden. Llaman al árbitro a actuar, a condolerse de sí mismo y de los concejales de mayoría, que no saben cómo acomodar las asentaderas.
Con media docena de violentos crochets, Aldaz se reafirma en su golpiza: "ha existido un proceder administrativo indolente de parte del alcalde (...) ciertos concejales se encuentren tramitando el pago de planillas (...) la ciudad se encuentra sumida en la basura (...) la policía municipal se ha constituido en pasivos transuentes - ¿? - (...) se permite deliberadamente la toma de retiros, veredas, por parte de hoteles y hostales, vinculados a intereses particulares (...) no existe una política clara formal y debidamente financiada para el fomento del turismo". Una mensajera se acerca al oído de Robalino y éste, a los tiempos, interviene y le da un minuto para que termine de golpearlos.
Entonces, Aldaz suelta su último recurso, un gancho a la inteligencia: "los municipios responsables como Quito, Cuenca y Ambato han asumido el control del tránsito. La actual administración municipal solo ha solicitado prórroga tras prórroga, a tal situación que Riobamba bajaría a la categoría 3". Se acaba el minuto.
El árbitro interviene y dispone a la Secretaria que se vuelve al orden del día, sin que Aldaz deje de hablar, por lo que las palabras se amontonan. La Secretaria toma el micrófono y expone: "El señor Presidente Constitucional de la República saluda a Riobamba en este día... Isabelita con todo el respeto... Ayala Ministra del Transporte y Obras Públicas para que lo represente en esta fecha... Promover las actividades deportivas y recreativas (el público aúlla)... Siga señorita Secretaria... de la Asamblea Nacional... Promover las actividades deportivas y recreativas (pifiada y aullidos)".
Los jueces del encuentro no pueden más. La Ministra Paola Carvajal Ayala, se levanta y el asambleísta Andino salta como resorte y le guía hacia la salida, donde se les une el Gobernador y varios funcionarios revolucionarios.
La secretaria continúa a dúo con Aldaz: "De la Asamblea Nacional... servicio de cementerio" (pifiada y gritos y aullidos del respetable). El árbitro se pone de pie y señala que "la ignorancia no tiene límites, perdonen... queda suspendida la sesión". Por fin la mayoría puede respirar y salen en compañía del Alcalde, dejando a los concejales de minoría a merced de la indignación popular, que no amilana al concejal Recalde, quien ha permanecido en posición de guardaespaldas, detrás del orador repentino y ahora encara a los familiares de Robalino:
- "Cobarde ven a decirme aquí adelante" - reta el concejal.
- "Esto Riobamba no se merece, es una cobardía de parte de ustedes" - señala un supuesto cuñado de Robalino.
- "Cobardía la del Alcalde cuando le regaló la calle al compañero, eso es cobardía" - dice Recalde.
- "Eso es cobardía" - corea la concejala Érika Salazar, indignadísima de esta cobardía, que se llevó a cabo cuando ella pertenecía a la mayoría junto al "compañero", que no es otro que Juan Salazar.
Afuera del salón, en el parque principal de la ciudad, el monumento a Pedro Vicente Maldonado permanece incólume. Si estuviera vivo el sabio, no sabría si reír o llorar.